
No sé si fue por el tráfico que me cogió a la altura de la glorieta del Cid, por la imposibilidad de aparcar en la zona de la Calzada o por lo ajustado que fui de hora, lo que me impidió ver de cerca el traslado al paso de misterio de Nuestro Padre Jesús en su Presentación al Pueblo. Tenía bastante interés en vivir este momento junto a los hermanos de San Benito, pero la realidad fue que no pude acceder al interior del templo. Me tuve que conformar con verlo desde la puerta mientras escuchaba la meditación sobre el significado de este misterio de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.
Sólo pasaron cinco minutos de las diez de la noche cuando llegué a la Parroquia de San Benito Abad. Al principio estuve un poco desubicado, no veía la imagen del Señor. De repente, escuché el golpeo de un llamador. Algo que llamó mi atención aún más —¿Dónde está el misterio?, me pregunté —. Seguí con mi búsqueda pero sin éxito, hasta que de la nada, atravesando uno de los arcos de la Parroquia, Poncio Pilatos con su brazo extendido hacia atrás aparecía con la fuerza que nos tiene acostumbrados cada Martes Santo. Por un momento creí estar en la Cuesta del Rosario.
A pesar de mi situación, si pude apreciar la devoción de hermanos y fieles hacia esta imagen de Castillo Lastrucci. En la puerta del templo, sólo se escuchaban comentarios en voz baja que decían:
—Ahí está—
—¿Dónde? Con tanta oscuridad no puedo verlo—
—¿No ves el reflejo de las potencias?—
—Ahora sí, gracias a los flashes de las cámaras he podido verlo (suspiros)—
Cómo veis, entre la ausencia de luz y la lejanía, costó un poco de trabajo seguir a la imagen, pero para muchos fue suficiente contemplarla con cierta intermitencia hasta que por fin y con una saeta de fondo, el Señor de la Presentación fue subiendo hasta llegar a la altura del paso de misterio. Al terminar tan sobrecogedor momento y tras situar debidamente a la imagen sobre el paso de misterio, sonó de nuevo el llamador para deleitarnos con otro de los momentos que me llevo de esta Cuaresma, «El Pilatos» levantándose a pulso. Sin palabras.
escrito por Fernando V , abril 14, 2011
escrito por David , abril 16, 2011
Tres azucenas tiene el escudo de la hermandad de mi barrio, tres azucenas dentro de aquel jarrón que defiende la pechera de mi antifaz. Tres azucenas de blanco aroma que visten de gala al morado penitencial que tiñe la Calzada por unas horas. Tres azucenas de pureza celestial que hacen de marco al verso del misterio carnal.
Tres azucenas, cómo tres tres colores me visten al salir de mi casa... morado en cíngulo y antifaz, blanca túnica y caoa y negro mortuorio en mis pies cansados, un negro cruzado por un rayo de luz de la luna.
Tres colores, tres azucenas y como no, tres pasos. Tres estrellas para un cielo oscuro de noche de Martes Santo, tres luceros que guían la fe, no de un barrio,sino de Sevilla entera, tres maravillas que hicieron carne a la madera desde la simplicidad de la fe. Tres bendiciones que nos dejaron tres manos distintas, tres facciones y tres advocaciones, tres pasajes y tres misterios, tres oraciones y tres consuelos. ¡Qué envidia te tienen todos!
Le dieron al Señor de la Presentación su cara, manando un manantial de tranquilidad, le dieron unas manos que esperan el beso fiel y consolado del pecador arrepentido y le dejaron un espalda dolorida, abierta en llagas por el peso de un castigo qeu no es suyo.
Al Cristo de la Sangre le dieron un reguero carmesí de amor que no coagula al bajar por su pecho, porque es la sangre caliente de la redención divina. Le dieron una bendición eternamente clavada en el madero transversal,aquella misma bendición que la pasar por águilas, a la altura del hostal, pide dos camas; una para el costalero y otra para la humanidad. Le dieron unos pies gangrenados, que suspiran por el mismo beso que se roba él mismo de las manos.
Y le dieron a la Virgen de la Encarnación... ¿a ti qué te dejaron las manos virtuosas madre mía? Le dieron unos ojos verdes que se esconden huyendo del protagonismo, para dejar que tu nombre sea el auténtico espejo del cristiano. Te dieron una boca que contiene el suspiro de todo un barrio, te dieron una dolorida sonrisa de madre sufridora, una triste sonrisa imperecedera que no se torna en alegría nunca. Te dieron a ti también unas hermosas manos, unas manos sin rival, sin nadie que te arrebate los mismos besos que suma tu hijo. Unas manos de delicados dedos que recogen entre ellos las promesas que se escurren de tus bambalinas, las plegarias que atraviesan los varales de tu paso. Te dejó unas manos... unas manos que sostienen tres azucenas doradas, como las que llevo en el pecho de mi antifaz.
Tres azucenas, como mis tres titulares, como las tres virtudes de cada uno, como los tres corazones que me laten en el pecho, porque no tienen cabida en uno. De ahí que tres fuese el número divino, de ahí que todo pueda explicarse, de ahí que tengamos tres titulares, porque las tres azucenas que ideamos para nuestro pecho necesitaban un nombre.
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